El visitante del invierno

Él los vio alejarse, distanciarse, y así achicarse.
Se tornaron física y moralmente pequeños.
En realidad él era el que estaba aprendiendo, y así creciendo.
Durante una corta visita en el invierno del 2004, logró saciar necesidades para luego volver a tener sed. Al despedirse, sin saber si volvería, se llenó de nostalgia.
Los saludaba desde el micro. Ellos se achicaban...
Ellos, al caer en hipocresías, y él en una negación rotunda, derivada de una rebeldía adolecente que no se quita... Ellos, se volvieron insignificantes, carentes de significado. Insignificancia, el sentimiento más familiar.
Soplando el polvillo de lo que solió ser una vez una vida, o dos. Una vida dividida.
Polvillo, tierra, y desierto.
Sólo permanecen sombras de aquella aventura melancólica.
Huellas en la arena, raíces, cenizas, de las que renacería un dinamismo frenético.
Dinamismo, cambio constante. O sea, el sentimiento más familiar.
Al alejarse, se vio obligado a consumir la responsabilidad de cambiar, y volver.
Todo se volvió arena, dunas de ella bañando un desierto. En ellas solo había huellas que marcaban el camino hecho. El porvenir, en cambio, marcado por bifurcaciones diversas, con opciones variadas y libertades por aprovechar, estaba vacío.
Y por ende, el miedo a la nada, a la incertidumbre. El sentimiento más familiar.
Él cerró sus ojos en el desierto soleado, aquel repleto de sombras sin figuras que las formen.
Al abrirlos era invierno, y el sol se encontraba de cabeza.
Encaprichado con el tiempo, los cerró para que volviese el sol, lo cual nunca pasó.
Se hundío en el polvo, en las nuevas experiencias. Todas ellas, acabaron quemándose contra la arena de otros relojes.
Al fin y al cabo, cupo la lucha por la supervivencia. Al igual que los cigarrillos que arden y luego se apagan para morir, él logró calentarse en aquel invierno. Pero no duraría.
Se adaptó a él, pero siempre fue un visitante temporal. La estadía en el invierno era incierta. Pero aún así, al volver al sol, también estaba aquella desorientación nuevamente. Desorientación, desarraigo, aquel poder que se impone, por el cual sufriría innumerables veces. El sentimiento más familiar.
Aun le quedan los caminos. Algunos por recorrer.
Las cenizas de aquellos cigarrillos, las huellas, siempre estarán presentes en su largo trecho ya transitado.
Permanecen sombras que enfrentar.
Marcos de los que salirse y rebalsarse junto a la arena.
Manos gigantes e invisibles que intentan imponerse...
El mismo sentimiento de siempre, el más familiar.