Una brisa que corría por la ciudad estaba llegando a un barrio con altos edificios sofisticados, lleno de ornamentaciones modernas que se le cruzaban y la bifurcaban.

La corriente de viento terminó su paseo al ser interrumpida por un par de voces que cortaban el silencio. Ambas, ya viejas, connotaban experiencia, y así también las palabras que decían, selectas con indiferencia:
"¡No sabés lo que es estar al borde de la muerte!" resonó la voz del doctor Gray. "¡No sabés lo que es que la vida se te pase por delante y no la puedas detener! Saber que nada de lo que hagas o puedas llegar a hacer importa." "No lo sé y vos tampoco. ¡Acordáte de que tu paciente al final no tenía sarampión! ¡NO TE IBAS A MORIR, y aquél niño tampoco!" lo interrumpió su mujer, ya cansada.
Estaba cansada de todo. Del constante agobio. Últimamente, cansada de no poder hacer ni pensar en nada. Era como si su mente se sofocara. Tanto en lo que pensar. Tantas cosas que finalmente, no pensaba en nada. Y eso la cansaba más que nada. Vivir al cuete, sólo hacer el mínimo esfuerzo por dejar caer la cabeza y luego volver a levantarla reiteradamente. "Si" esbozaba su boca y así le hacia creer a su marido que le daba interés a

sus palabras. Palabras y palabras. Palabras que a ella le resultaban vacías.
Eran tantas las veces que su esposo le había contado de aquella vez en el desierto. Actuaba como un niño fascinado con su nuevo autito de juguete. Esa supuesta historia de "heroísmo" en la que él se había "sacrificado" y había estado a punto de "morir"...
De pronto, un día, el viento cesó, y así las palabras no abandonaron el departamento por la ventana con la brisa, como era de costumbre. Esta vez, decidieron quedarse adentro y torturarla, atormentarla. Resonar nuevamente dentro de su cansada mente.
Con la velocidad en la que cesó aquella brisa, la sra. Gray pensó "Ni una palabra más". Se puso de pie y de esta forma, comenzó la riña, jamás antes experimentada por la pareja, que le sonsacó el lugar al agradable silencio de la siesta.
Los gruñidos de los dos cortaban los lejanos y agradables canturreos de las palomas de la plaza de al lado. Como nunca antes, del edificio se rescataba una discusión de tal potencia, que a un hombre que paseab

a cerca del edificio, se le pararon las orejas y se detuvo a ver si todo estaba en su debido lugar.
El doctor Gray no lograba comprender que le sucedía a su mujer. Llevaban un año de casados y no habían tenido problemas. Recordaba como la había conocido, en el desierto hace 19 meses. Cuando la melena castaña de la mujer, que posteriormente sería su esposa, fue impulsada por el viento de tal forma que las puntas de los cabellos le pegaban en la cara. En ese instante, él supo que la deseaba. "Sé que.. que no lo sé en verdad, pero al caso viene a ser lo mismo." soltó el doctor después de una larga recapacitación. De repente, le surgió la idea "Acaso ¿Me amabas más entonces que hoy? ¿Entonces, cuando creíamos estar a punto de morir?" pregunto a regañadientes, como si le costase pronunciar tales horribles palabras. Él quedó horrorizado ante la imagen que se alzó ante sus ojos. Era como si toda la femineidad de la expresión de ella fuese extraída para dar lugar a una mueca de terror en su cara. Una asquerosa, que nunca había visto. Aun así, eso no fue lo peor ya que ella, con su "nueva" cara, murmuró un, no tan fuerte pero tan comprensible como rotundo, "no". Gray quedó paralizado. Ella, perpleja, siguió: "El pánico rondaba en aquél desierto, hay que recordarlo. Cuando la muerte esta asomándose por la esquina, las cosas cambian. Estaba segurísima de que la oleada de Sarampión nos había alcanzado a todos y que..." tomó una gran cantidad de aire "...¡todos moriríamos!" exhaló la sra. Gray, como excusándose.
Habiendo recobrado el aliento, logró exclamar el doctor: "¡Yo la vi! Vi a la muerte, estaba allí, y justamente por eso decidí vivir. Decidí enamorarte vida, y hasta hoy creí haberlo logrado. No te entiendo."
"Es que la adrenalina y todo... Vos, acercándote a todos esos enfermos, expuesto. Tratándolos con tanto valor. Fue una situación..." respondió ella de un sólo tirón combinado con un sollozo. "Una situación tan única. Parecías tener todas las respuestas..." Al doctor Gray se le empezó a despejar la mente. Las ideas se aclaraban. "Ya te entiendo. Yo vi a la muerte y te elegí a vos vida..." elegía sus palabras con extrema cautela: "¡La vi y decidí vivir, eso es todo lo que sé! Y yo estaba muy decidido, pero al resultar ser Denegué, y tratable... Eso cambió todo" respiró hondo "Cambió todo nuevamente..." disgustado por haber descubierto esa horrible verdad, que su esposa no sentía más amor hacia él, le hizo reevaluar los sentimientos que él sentía hacia ella. Se sumergió en su mente y ni siquiera se percató de que la fuerte brisa que había desa

parecido tan rápido, había vuelto, con fuerzas renovadas, luchando por crearse un camino por la ventana.
En cambio ella quedó maravillada. Interpretaba aquel soplido como si fuera una señal. Una señal de que era hora de terminar. Y así empezó el principio del fin. El fin que se transformaría en un nuevo comienzo para ambos. Como todo fin es un principio, la muerte fue necesaria para que él la eliga a ella, su vida. Y toda brisa muere y renace cíclicamente. Era hora de cambiar.
La señora Gray comprendía todo esto mientras el viento levantaba las cortinas y el sol encegecedor mostraba a la pareja, cada uno en su complejo mundo de pensamientos y teorías. El doctor Gray comprendía finalmente, que él nunca había amado a su mujer, era su vida para él. No obstante, él no la apreciaba. No amaba su vida, ni su forma de vivir, y por ende la capacidad de amar a otra persona se veía inhabilitada por su falta de amor hacia su propia vida. Era hora de cerrar el ciclo.