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1 nubes

En el cementerio de autos

Delicados indicios del cambio. Haz que suceda,



Cuerpos desnudos caminan la ciudad por la calurosa noche. Sudados, y falsos.
Como una enfermedad contagiosa, todos se sacan su ropa.
Todos los hacen, por ende, todos lo hacen.
La brisa arrastra a las pelucas. Todos se tornan calvos. Hombres, mujeres. Todos por igual. Todo es lo mismo.
Se reunen en el centro debido a cierta necesidad inconsciente de estar juntos, a pesar de todo.

El sitio es colorido y gris. Y allí el desuso termina dándoles vida.
Como juguetes, exigiendo ser usados por una ultima vez. No son prostitutas.
Autos, camionetas, tractores, camiones... Cadáveres. Cuerpos masacrados por él. Asesinados por mi.

Los cuerpos en desuso deciden revolucionarse.

Hubo manos frágiles advirtiendo que en lo profundo sólo había palabras en desuso,

Polvo y flores marchitas. Pero no.
Manos, exigiendo ser abrazadas por otras. Pero no.

Cuando uno decide rezar, y esperar. Lavarse las manos. Esperar en el día y en la noche; los acordes se tornan menores triángulos. Haz que suceda. Allí sobre la montaña, deseos incumplidos, genios insatisfechos. Fracasados. Hagan que suceda.

Sanando, y desvaneciendo.
En la montaña, o en el mar. Todos por igual. Y en cualquier lugar.
Desvaneciendo, y sanando.

Una dulce memoria, un recuerdo de una melodía.
Un tierno violín aturde la noche. Nos despierta.
En una noche de maniquíes tornándose vivos. Que caminan, deambulan por la ciudad. Se alejan, habitan el mundo. Al rededor de todo el globo se expande la revolución.

Luego de 40 años de vagar por el desierto, una vez llamado ciudad, llamado vida; llegan al cementerio de autos, y allí se les despedaza el corazón.

Allí ellos habían realizado lo mismo. Se habian revolucionado. El hombre se estaba levantando contra la maquina, y la maquina contra el hombre.
Uno esclavo del otro, en un circulo insaciable.

Los vehículos confundidos, se acordaron de que eran eso y nada más que eso. Y cayeron estáticos.

Los hombres caen, y arrastrándose se percatan de su propia inmundicia, y del ruido que emanaban.

Eran sus cuerpos, desacordes con el latido de sus corazones. El violin disonante en sus cabezas.
Eran cadáveres, igual a los de los autos que los rodeaban muertos en el suelo. Eramos prostitutas, sin paga, cogidos por nosotros. Y así, el ultimo hombre cayó estático.